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Terra
La Coctelera

CAZADOR

EL ACANTILADO

Un hombre joven. Roto. Un acantilado. Vertiginoso. Un mar. Enfurecido. Un cielo. Negro. Presagio de que no se va a celebrar ninguna boda. El hombre roto observa el romper de las olas contra las eternas rocas y siente un extraño escalofrío; extraño porque su alma está ya muerta. Da un paso hacia delante…

- Cuidado, podría caerse – le dice una dulce voz de niña. El hombre, sobresaltado, retrocede un metro y busca con la mirada a la niña que tiene pegada a su culo. Es rubia. Lleva uniforme escolar y una pequeña cartera a cuestas. Tiene la cara de un ángel.

- ¿Qué… qué demonios haces aquí, niña? – pregunta estúpidamente y sin ningún tipo de originalidad.

- Me gusta pasear por el acantilado cuando salgo de la escuela. Así puedo dibujar el mar. Pero hoy el mar está enfadado... Vivo cerca de aquí, en el pueblo. ¿Puede llevarme de regreso a mi casa? He visto que ha llegado usted en auto. Y parece que va a llover.

Un relámpago ilumina el cielo y un trueno hace temblar el mundo. Las primeras gotas caen sobre el hombre roto y la niña rubia. Sus siluetas se recortan en el borde del acantilado. Una pena que todos los pintores del romanticismo estén muertos...

- ¿Me lleva a casa? – insiste la niña. El hombre roto la acompaña hasta su coche y la sienta en la sillita que tiene en el asiento trasero. La cara del hombre roto, color cera, es el vivo retrato del dolor.

- ¿Tiene un hijo? – pregunta la niña rubia. El hombre roto se muerde el labio hasta sangrar, tiembla, y una lágrima se escapa de su ojo derecho. Le duele seguir estando vivo.

- Tenía una hija… pero murió la semana pasada – contesta con un hilo de voz. El hombre roto rompe a llorar mientras se pone al volante. La niña rubia guarda silencio. Ese silencio sepulcral del camino de regreso, esos tres minutos de nada absoluta, se rompen cuando la niña le dice al hombre roto que llora:

- Vivo allí, en la casa de la esquina. Muchas gracias por traerme… y no se preocupe señor, yo jugaré con ella.

El hombre roto, al oir eso, se gira bruscamente pero la niña ha desaparecido. Asustado, detiene el coche en medio de la tormenta y baja para dar crédito a sus ojos. El cielo llora desconsoladamente y el hombre roto queda empapado en milísegundos. La niña ha desaparecido. Otro relampago. No ha sido un sueño. Otro trueno. La niña ha desaparecido. Lo constatan las decenas de carteles mojados con la foto de la ñina rubia que le rodean, que hay por todo el maldito pueblo: Se busca a María, la hija del Alguacil. La última vez que alguien la vió estaba dibujando cerca del acantilado…

HISTORIAS PARA NO DORMIR

MOLESTA POSESIÓN INFERNAL

Los dos jóvenes sacerdotes llamaron al timbre. Estaban convencidos de que Dios les ayudaría en tan extraño cometido. No pasaron ni diez segundos cuando la puerta se abrió. La chica, que no tendría más de quince años, llevaba las manos decoradas con henna. Los miró con el rostro sombrío, mientras les invitaba a pasar sin decir ni una sola palabra. Juntos recorrieron un pasillo pintado todo de blanco, con dos puertas a cada lado. La decoración era tan humilde como austera. El ambiente cálido. Y toda la casa olía a te verde y a deliciosa menta. Al llegar al comedor, se encontraron con tres hombres de mediana edad, que se levantaron al verlos, mientras dos niños pequeños jugueteaban en el suelo. Se podía oir la música de una balada de Julio Iglesias procedente de la casa de algún vecino sordo o insolidario.

El patriarca de la familia se adelantó e hizo las presentaciones pertinentes, mostrando un notable dominio del castellano. Luego, invitó a los dos hombres de fe a entrar en una de las habitaciones adyacentes. Los sacerdotes se sorprendieron cuando, al abrir la puerta, percibieron una brisa helada que salía de la habitación. Una vez dentro, sintieron varios escalofríos de forma escalonada. El dormitorio apenas estaba iluminado por una pequeña lámpara, que apuntaba hacia la mesilla de noche. Habían cubierto la ventana con una tupida tela negra que no dejaba entrar ni un solo ápice de luz solar. Las paredes desnudas debían ser blancas, pero aquella luz les daba un tono mortecino, como de ceniza. Pero lo que verdaderamente hizo erizar el vello de los dos clérigos fue ver a la niña en la cama. Estaba cubierta hasta el cuello por una manta gruesa de color ocre, que sólo dejaba al descubierto unos ojos enormes y perdidos. Su rostro estaba tan pálido que brillaba en la penumbra. Una mujer, ataviada con un hiyab, estaba sentada junto a la cama. Fue presentada como la madre de la niña. No paraba de acariciar la mano de la pequeña. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y su cara demacrada de tanto sufrir.

La niña llevaba en cama siete días. Apenas comía. Apenas bebía. El padre de la pequeña estaba convencido de que el demonio seguía dentro de su hija puesto que mientras dormía, repetía con menor intensidad los episodios convulsivos. La niña había sufrido los primeros ataques hacía un mes, relacionados con una epilepsia. Pero en urgencias, la niña ya no mostró transtornos. Después de una revisión les dijeron que la pequeña estaba sana. La tercera vez que visitaron el hospital, los médicos, un tanto hartos, les comentaron que la niña estaba en perfecto estado de salud. Les recomendaron un especialista, tal vez un psicólogo. Y tal vez para toda la familia. Pero cuando la pequeña tuvo la última crisis, coincidiendo con la visita de unos amigos íntimos venidos de muy lejos, llegaron a la conclusión de que no estaría de más contactar con algún especialista en materia religiosa. Un especialista en exorcismos. Y aquí es donde entraban ellos en acción.

Los sacerdotes pidieron a la familia que se les dejara solos con la niña. Lo primero que hicieron fue quitar la cortina y dejar que el sol llenara de luz la habitación. Se podían oir claramente las notas de una canción de Amaral. Vaya vecindario, pensaron al unísono porque eran gemelos. La niña dio un respingo y cerró los ojos. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Después de una breve revisión cutánea, buscando estigmas o señales habituales de posesión, los clérigos se sentaron a reflexionar. Tras diez minutos de intercambio de impresiones, empezaron a leer algunos pasajes de la Biblia en voz alta. La niña abrió los ojos y pidió un poco de agua. Le trajeron un vaso, que bebió a sorbos. Al leerle la increíble historia de Lázaro, la pequeña dijo tener mucha hambre, así que se le dio de comer algo de pan caliente con aceite, frutos secos y una manzana. En quince minutos la niña hablaba abiertamente y había recuperado parte del tono rosado de su delicada piel. Pero algo andaba mal. Aunque a primera vista la recuperación parecía milagrosa, no se estaba produciendo como era habitual en un caso de posesión infernal. A la falta de marcas en la piel de la niña, se añadía la no manifestación del demonio en ninguna de sus formas conocidas. Al cabo de una hora, la pequeña estaba sentada en la cama y contaba alegremente a los sacerdotes lo mucho que le gustaba ir a la escuela y jugar con sus amigas. Cantar y bailar eran otras dos de sus grandes pasiones. Y afirmó con rotundidad que de mayor quería ser como Paula Vázquez. Eso fue lo más cercano a una señal del infierno que detectaron los dos clérigos.

Tras cinco horas de rigurosa observación, sagrada lectura y afable conversación, los sacerdotes dejaron a la niña metida en la cama, pero esta vez con una radiante sonrisa en su rostro. La madre, llorando de alegría, entró como una exhalación para abrazar y besar con locura a su hija. El padre, algo más distante pero satisfecho, quiso saber si el exorcismo era definitivo. Los sacerdotes se miraron antes de explicarle que no habían encontrado ni el más mínimo indicio del Señor de las Tinieblas en su hija. Aconsejaron al patriarca que buscara en la medicina tradicional china el tratamiento adecuado, si es que la niña volvía a tener episodios convulsivos en el futuro. Aunque tal vez un neurólogo sería la solución definitiva a todos sus problemas.

Y entonces sucedió. Un grito escalofriante salió de la habitación donde habían dejado descansando a la niña. Los sacerdotes giraron sobre sus talones y entraron rápidamente. La escena que vieron les dejó perplejos. La madre estaba de rodillas en el suelo, con las manos sujetando brutalmente su propia cabeza y gritando como si fuera ella la poseída por Lucifer. La frágil y dulce niña estaba de pie en la cama, saltando y moviendo todo su cuerpo de forma compulsiva, un tanto ordinaria y algo provocativa. Su cabeza parecía estar a punto de desenroscarse en cualquier momento, mientras su melena flotaba en el aire debido a la enorme fuerza centrífuga. El padre de la criatura quedó petrificado junto a los pies de la cama. Los clérigos sacaron la Biblia, el crucifijo y el agua bendita y empezaron a vociferar en latín frases para expulsar al demonio de los cuerpos. La madre seguía emitiendo sonidos guturales, ante la mirada de reojo de ambos sacerdotes, que ya no tenían claro a quién debían realizar antes el exorcismo. El trabajo se les acumulaba, seguían leyendo a gritos y salpicando de agua bendita a la pequeña, cosa que no le hacía el más mínimo efecto redentor. Y mientras, escondida debajo de aquella especie de catarsis colectiva, seguía filtrándose la maldita y pegadiza tonadilla del Antes Muerta Que Sencilla.


EGOCENTRISMO VORAZ

EGOCENTRISMO VORAZ

No recuerdo haber mostrado en toda mi dulce y tierna infancia, el más mínimo interés ni por la lectura ni por la escritura. Es más, evoco con melancolía y cierta desesperación aquellos terribles lunes en los que nuestra querida profesora de Lengua se empeñaba en saber qué demonios habíamos estado haciendo todo el fin de semana, sometiéndonos a una terrible extorsión lingüística por escrito, también conocida, en círculos docentes bien documentados, como redacción (...asiento y miro tus labios moverse si necesitas que simule que te oigo).


Si en mi etapa escolar leí algún libro, fue siempre por obligación. No recuerdo ningún título en particular; tal vez “Platero y yo”, pero soy incapaz de argumentar de qué iba, salvo que había un niño y un burro enzarzados en una extraña relación (...me fijo solo en lo que busco; no necesito otra amistad). Esta carencia de evocaciones escritas en mis primeros años de vida, demostró clínicamente que la formación de mi masa encefálica fue un proceso lento pero constante, afectado negativamente por la ingesta de bocadillos de mantequilla y sobrasada que hubieran podido lubricar centenares de culos.


El primer libro que recuerdo haber leído entero y además disfrutado plenamente como un licántropo, fue un tarugo de más de 900 páginas titulado “El Señor de los Anillos” (...dámelo a mí; tomo lo que es mío; mío, mío, mío; tomo lo que es mío; dámelo a mí). Descubrir a JRR Tolkien sirvió para que mi afición por la lectura aumentara considerablemente, algo carente de ningún mérito, habida cuenta que ésta era prácticamente nula. “El Hobbit”, “El Silmarilion” y algún que otro libro de “Cuentos Perdidos” pasó por mis manos y fue saboreado con devoción enfermiza. Había nacido un lector monotemático.


He disfrutado leyendo a Isaac Asimov. Me he divertido cada vez que he sido abducido por alguna de las geniales historias acaecidas en el Mundo Disco de Terry Pratchett. Pero es, sin lugar a dudas, la lectura de “Peripecias Yugoslavas” la que mete en mi enfermiza cabeza (...es hora de alimentar al monstruo) la disparatada idea de poner por escrito mis vivencias en Praga, ciudad donde me hallaba recluido por motivos profesionales. Claro que, la lectura de unos cuentos de Edgar Allan Poe y la audición de cintas de heavy metal, ayudaron a modificar desmesuradamente la realidad que me envolvía. Nacen, varias décadas antes de lo previsto por Dios, mis primeros relatos cortos; “Muscam”, “Araneam”, “Gulam”, “Philippe” y “Setas”.


No será hasta finales de la década de los 90, cuando reaparecen dichos manuscritos en el fondo de un cajón de calcetines. Después de una primera lectura, que me lleva a una profunda depresión, mi compañera me anima a hacer algunas correcciones. Las hago y decido no invertir en bolsa. No contenta con ello, me pide que vuelva a escribir algo. Una noche de luna llena, soy poseído sin ningún tipo de licencia fiscal por el espíritu del hermano pequeño de los Grimm (...el confort es un misterio, escapándose de mi piel; sólo dame lo que vine a buscar, después me iré otra vez). Queda constancia de ello en “Sapo”, el primer relato de una nueva era creativa, el florecer de una nueva corriente artística contemporánea también denominada Post-Renacimiento, por algunos críticos literarios cercanos a mi familia.


Unos inconscientes sociales, en concreto dos, ponen a mi disposición la posibilidad de publicar en su revista de escritura creativa (...ser listo me trajo hasta aquí; la astucia me hizo entrar). Me acaban publicando más de una decena de relatos cortos, además de dejarme participar en algunos números especiales de ciencia ficción. Dos de mis relatos, “Oscuridad” e “Inmortal”, aparecieron entre “Los mejores relatos 2001”, gracias a las votaciones de los enloquecidos lectores. A finales de 2001, una conspiración secreta llevada a cabo durante meses por mi compañera y los editores de la revista, acaba en forma de libro; “Sapos, dragones, brujas... y otros seres fantásticos” podría decirse que es algo así como mi primer libro, además de uno de los más divinos regalos que he recibido.


El año 2003 fue especial para mi particular mundo de la literatura universal. Casi mágico. Por muchos motivos. Bueno, dos. Primero recibí una noticia con forma de correo electrónico que me decía que habían pensado publicar en la revista “El Problema de Yorick” uno de mis relatos. Engordé de satisfacción. Dos días después, y tras cinco minutos balbuceando delante de la pantalla de mi ordenador, me veo ganador del II Certamen Literario Nitecuento (...dámelo a mí, mío, mío, mío; tomo lo que es mío, mío, mío, mío ; tomo lo que es mío, mío, mío, mío; dámelo a mí); me pellizco una nalga con éxito para constatar que estoy despierto.


Actualmente tengo muchos planes en la cabeza. Mi doctor me ha recetado paracetamol para el dolor. Paradojas de la vida; me han propuesto escribir el guión para un cortometraje, con lo que me gustan a mí las trilogías y las camas redondas. Pero lo que realmente necesito es un crédito blando a devolver en cómodos plazos. Sigo escribiendo. Algunas veces lo hago bajo pseudónimo en Internet (...mentir para conseguir lo que vine a buscar; mentir para conseguir lo que necesito; mentir para conseguir lo que anhelo; mentir y sonreír para obtener lo que es mío). Participo en talleres literarios con mayor o menor aceptación social, debido a mi extraño sentido del humor, lo cual me deja sumido en estado catatónico entre telediarios. Estoy pensando en irme de vacaciones a Menorca con mi mujer y mis hijos. Cada día me gusta menos trabajar. Cada día tengo más canas. ¿Estamos solos en el universo? Lo dudo...

EL COCHE

SIMIoLOGOS DE UN DESEQUILIBRADO

EL COCHE

Tengo un coche de segunda mano. Un Renault 19, blanco, aunque como lo tengo siempre en la calle y lo lavo poco es difícil que los peatones puedan distinguir claramente su color. Yo prefiero comentar que mi coche es como los camaleones; se camufla dentro de la jungla urbana.

Lo compré hace poco más de seis años y he acabado de pagarlo hace dos meses. El coche en cuestión es contemporáneo del troncomóvil seis válvulas de los Picapiedra. Pero, qué cojones, me lleva a todas partes. O al menos me llevaba. Porque el otro día, entrando en Barcelona por la Gran Vía se paró como diciendo que hasta aquí hemos llegado. Activé las luces de intermitencia. Me puse el chaleco ese amarillo obligatorio y traté de colocar, con éxito, el triángulo para señalizar que de ahí no pensaba moverme salvo atropello mortal. Llamé a la grúa y me dijeron que como era festivo tardarían 45 minutos en sacarme de aquel infierno. Porque colapsar medio carril de entrada a Barcelona es como tener una pierna en el purgatorio y otra en la jodida caldera de Satanás.

Que la peña está loca no lo he descubierto yo, pero constatarlo debido a la experiencia personal te hace ser más consciente de donde cojones te hallas metido. Cuando los conductores veían el triángulo, en lugar de frenar aceleraban para pasar antes que el que venía por su izquierda, generando un efecto Indianápolis que hubiera acojonado al mismísimo Clint Eastwood. No debemos temer el día que Alonso decida retirarse a beber sidra en su pueblo natal porque tenemos pilotos en este país como para que Ferrari tenga que ampliar la escudería.

Finalmente llegó la grúa y el hombre que la conducía dentro, muy amable aunque no se parecía en nada a Batman. Me salvó de aquel infierno, pero como no era mi tipo la cosa acabó sólo en amistad. Por la noche, ya en casa, tuve la extraña sensación de que nada había ocurrido. Era como si lo hubiera soñado. La vida es sueño y los sueños sueños son, como dijo el ya desaparecido Vicente Calderón. Hasta que el mecánico, ayer lunes, me dijo que iban a ser 420 euros y la voluntad.

Parece ser que dentro del coche hay un alternador (nada que ver con el ex de Concha Velasco) que no carga la batería. Y parece ser también que es importante que la batería esté cargada. Pero afortunadamente para mí, existen en el mercado cacharros de estos (alternadores) de segunda mano que son más baratos y no tendré que vender el coche para comprarme el puto alternador. Lo jodido del caso es que dudo mucho que mi buga valga actualmente 420 euros. Hay algún mecánico entre los asistentes?

EL DESAYUNO

SIMIÓLOGOS DE UN DESEQUILIBRADO

el DESAYUNO

Siguiendo la línea marcada por alguien con un sentido del humor algo extraño, hoy colgaré el principio de lo que puede ser algo insoportable y tedioso a la vez: mi diario personal. Y que mejor manera que empezar el día, que contando mi desayuno.

Desde hace una eternidad tomo soja con cereales de estos que tienen tanta fibra que Coronado lloraría emocionado sólo verme masticarlos. No existe una explicación científica a semejante idiotez. Para empezar, la soja la tomo porque un colega me dijo que somos el único mamífero que bebe leche casi toda la vida. Y eso parece ser que es malo. Claro que mi amigo no pensó en los gatos, pero como tampoco tengo claro que sean mamíferos no entré en ningún debate estéril.

Pero la soja es bebible. Tal vez no sea ni soja. Tal vez sean cacahuetes machacados y mezclados con agua sucia de algún río inmundo pero yo me la bebo con esa sonrisa imbécil del que cree que está haciendo lo debido para cumplir 96 años y parecer que sólo tiene 93. Tampoco fumo, claro. Pero eso es otro tema.

Vayamos a los cereales con alto contenido en fibra. Esos con los que Coronado haría una serie de televisión del cagarse. Es evidente, que para tragarlos tienes que haber sido un asno en otra vida y que en esta te salvaste por los pelos o por la gracia de Dios. Trato de hacer un esfuerzo para encontrar y posteriormente mencionar algún alimento más insípido y me resulta imposible. Por no hablar de esa textura acartonada que cerrando los ojos te lleva a pensar que te estás comiendo las tapas del Quijote cuarteadas.

Yo desayuno eso. Prácticamente todos los días de mi vida. Bueno, de mi vida actual. Porque no siempre ha sido así. Yo hube pecado. Recuerdo cuando hace años desayunaba bocadillos de bacón con queso; cuando la grasa del bacón resbalaba desde mis pringosas manos hasta los codos formando dos charcos de felicidad en forma de colesterol a ambos lados de la mesa. Y bebía cerveza fresca. Y luego me tomaba un café. Qué tiempos aquellos. Lloro al rememorar los bocatas de lomo con pimientos verdes que se te repetían durante horas; los de atún, pimiento rojo y olivas (también llamados tricolor) que hacían que tus heces parecieran banderas de exóticos países; o los de morcillas con cebolla, capaces de hacerte beber cerveza durante varios días para apagar el ardor de estómago.

Sí, amigos. Yo también viví en el pecado de la gula en su máxima expresión culinaria. En la Sodoma y Gomorra de Ferran Adrià. Qué maravillosos desayunos. Por eso ahora me encuentro en el purgatorio de los putos cereales con fibra. Para poder entrar en el cielo con un transito intestinal como Dios manda. Hay que joderse ¿no?